Fundació Miró


JOAN MIRÓ EN MALLORCA



“Mallorca es realmente un país muy hermoso, en ciertos lugares, todavía se encuentra la frescura de los primeros días de la creación, lo que no se encuentra en los entornos parisinos que hemos visitado."

Joan Miró, 1948


Joan Miró mantuvo una relación muy estrecha con Mallorca a lo largo de toda su vida. Aunque nació en Barcelona, el 20 de abril de 1893, su madre Dolores Ferrà, al igual que sus abuelos maternos eran mallorquines. Este vínculo familiar hizo que a partir de 1900, cuando Miró apenas contaba 7 años, empezara a pasar parte del verano con su abuela materna, en Mallorca. Durante esas estancias veraniegas, Miró realizó dibujos de paisajes y de edificios emblemáticos, como La Llotja, el castillo de Bellver, los molinos de viento y las marinas.

Miró se sentía vinculado a dos lugares, en particular: Montroig, en la provin cia de Tarragona, donde sus padres tenían una masía, y Mallorca. Ambos lugares le permitían el recogimiento espiritual, vivir y trabajar inmerso en una naturaleza aún incontaminada. El contacto directo con la tierra, le permitía absorber su energía, como si de un árbol se tratara.

En 1920 Miró realizó su primer viaje a París, que supondría un punto de inflexión en su vida: “Siento que un mundo nuevo se abre en mi mente”. A partir de ese viaje Miró combinaría la “fermentación espiritual” de París, con la calma del campo. Así lo expresó en numerosas ocasiones: "La estancia en París me ha abierto un mundo de ideas, y ahora con la tranquilidad excitante del campo me lanzo a trabajar apasionadamente [...] mi ideal, París y el campo de Cataluña (naturalmente, el de Mallorca también)".

Sus lazos con Mallorca se verían reforzados a raíz de su compromiso con una mallorquina, Pilar Juncosa, en el verano de 1929, con la que contrajo matrimonio el 12 de octubre de ese mismo año.

En 1940, los bombardeos nazis obligaron a Miró a abandonar Francia y a buscar refugio en Mallorca. Durante su estancia en la isla, hasta el otoño de 1942, Miró desarrolló un interés por la música y siguió cultivando su interés por la poesía. Además, continuó pintando la serie de las Constelaciones.

En 1954, Miró decidió dejar Barcelona y trasladarse a vivir definitivamente a Mallorca: "Este país es maravilloso... Estamos a punto de comprar una casa cerca de Palma en un espléndido terreno. Dividir mi tiempo entre aquí [Mallorca] y París, y de vez en cuando hacer un viaje a Nueva York, sería ideal para el trabajo y la salud."

En Mallorca, en 1956, Miró vio materializado su sueño de contar con un taller propio, diseñado por su amigo, el arquitecto catalán Josep Lluís Sert. Durante los años de construcción de su taller y hasta finales de los años cincuenta, Miró prácticamente abandonó la pintura y se dedicó casi exclusivamente a la cerámica, el grabado y la litografía. Sin duda su ritmo de trabajo se vio alterado por el traslado a Palma, en 1956, y su instalación en el nuevo taller. Este traslado le llevó a revisar antiguas telas y cuadernos de dibujos. Miró lo recordaba así: "En el nuevo estudio tuve espacio suficiente por primera vez. Pude desembalar cajas que contenían obras realizadas muchos años atrás [...] Cuando saqué todo ello, en Mallorca, comencé a hacer mi autocrítica [...] Fui despiadado conmigo mismo. Destrocé muchas telas, y sobre todo muchos dibujos y gouaches."

Esta revisión de su producción artística anterior, debió de tener repercusiones positivas en su creación plástica. La abundante producción pictórica de los años sesenta se caracteriza por su fuerza y por su expresividad, tal vez, como consecuencia de su conocimiento del Expresionismo Abstracto americano y del arte y caligrafía orientales.

En el otoño de 1959, Miró adquirió una casa del siglo XVIII, Son Boter, como estudio adicional, para realizar pinturas y esculturas monumentales. En realidad, Miró lo utilizó fundamentalmente para pintar y, sobre todo, para realizar dibujos en sus paredes, a diferentes escalas.

Mallorca no fue en absoluto un lugar de retiro para Miró, un lugar de abandono de su actividad creativa. Al contrario, Mallorca fue un jardín fecundo que cultivó con esmero, por utilizar la metáfora del propio artista que afirmaba: “Yo trabajo como un jardinero”. En su madurez, Miró siguió creando infatigablemente, así lo atestigua la cantidad y calidad de su producción artística y la multitud de proyectos en los que trabajó: Pintura, escultura, proyectos de arte público, obra gráfica, cerámica, murales, vidrieras, tapices, así como decorados y vestuario para teatro.

Además de estos dos estudios, Taller Sert y Son Boter, en mayo de 1962, Miró ya comenzó a pensar en instalar su propio taller de grabado en Palma. Esto le permitió continuar haciendo realidad su deseo de aproximar su arte al gran público. Por un lado, la producción seriada de obra gráfica hizo su arte más asequible. Por otro lado, los numerosos proyectos de arte público que proyectó ampliaron considerablemente su difusión, el número de posibles receptores.

Las semillas sembradas por Miró a lo largo de toda una vida siguieron diseminando sus frutos más allá de su fallecimiento, el 25 de diciembre de 1983, en su casa de Son Abrines, en Palma de Mallorca. Tal como lo hubiera expresado el propio Miró: “No es una obra lo que cuenta, sino la trayectoria del espíritu durante la totalidad de la vida, no lo que se ha hecho en el transcurso de ésta, sino lo que dejará entrever y facilitará de hacer a los demás, en una fecha más o menos lejana.”